El “castigo” a Eva —y con ella a todas las  mujeres del mundo salvo a una— es el siguiente:

“Multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz a tus hijos; hacia tu marido te empujará tu instinto y él te dominará”.

Siempre me ha llamado la atención de que el castigo a la mujer es profundamente personal. Mientras que el “castigo” del hombre remite a la creación y al trabajo, como veremos, el de la mujer siempre remite a una relación interpersonal: a sus hijos o a su marido. Es como si la creación entera hubiese sido encomendada a los dos, pero especialmente al varón y el cuidado de las personas fuese también encomendado a los dos, pero para el que la mujer tiene un singularísimo don.

Los “dolores de tus embarazos” remiten, naturalmente, a los dolores propios de dar a luz. Dolores que, tan sólo en parte y tan sólo en algunas partes del planeta, han sido mitigados (como la epidural, por ejemplo) aunque nunca eliminados por completo.

Pero no hace referencia tan sólo a eso. Cuando estaba en Benicasim una mujer me contó cómo, al poco tiempo de dar a luz a su hijo, otra le dijo lo siguiente: “A tu hijo le tendrás que dar a luz dos veces: ésta y otra. Y la otra te dolerá más”. Se  refería a la educación. No a la educación que es propia del colegio. El colegio tan sólo puede ser, en el mejor de los casos, una ayuda. La responsabilidad de la educación integral de los hijos corresponde a los padres. Y digo a los padres y no sólo a las madres.

Por mucho que me empeñe, en casi todas las parroquias en las que he estado, casi siempre que convoco una reunión de padres vienen… las  madres. Y está muy bien. Pero si algún día viniese un padre no estaría nada mal (fuera de bromas, en cinco años han venido algunos, tanto para confirmación como para comunión, pero pocos, la verdad).

Educar a los hijos es tarea de toda la vida porque una madre no deja de ser madre nunca. Y esto causa dolor. Tanto más dolor cuanto más amor se tenga por el hijo. Alguno ya me lo habrá escuchado decir alguna vez y es algo de lo que estoy absolutamente convencido: “mientras las mujeres sean buenas madres los hombres creerán en Dios”.

Porque la tarea de una madre —de un padre también, pero de otro modo— es querer a su hijo sin condiciones y defenderle. Recriminarle las cosas que le tenga que recriminar delante de ella o de él pero delante de los demás defenderle, defenderle siempre. Y no dejar de quererle nunca, especialmente cuando ha hecho las cosas rematadamente mal porque, justamente entonces, es, quizá cuanto más la necesita.

Esto, en plenitud, sólo lo puede hacer Dios. Por eso la madre que no se apoya diariamente en Dios con la oración y los sacramentos no puede dar de sí todo aquello que se le pide, incluso aunque quiera. Y aun así, es extremadamente difícil,   porque es extremadamente doloroso. 

En cierta ocasión, la Madre Teresa de Calcuta dijo a unas personas de un país europeo que ellas eran más pobres que “sus pobres” porque no tenían amor. Es absolutamente imprescindible para cada persona que su madre no deje de quererle nunca. Pero eso conlleva mucho, mucho dolor.