El que llegaría a ser Juan Pablo II hizo una distinción importante entre “impulso” e “instinto”. La palabra “instinto” se puede usar  para traducir el texto de la Sagrada Escritura pero, hoy en día tiene unas connotaciones que, quizá, no la hacen del todo conveniente.

Por eso Wojtyla distinguió entre “impulso” e “instinto”. Los animales tienen instinto. Tienen instinto de supervivencia e instinto de reproducción, por ejemplo. Los varones y las mujeres no tienen instinto de reproducción, tienen impulso sexual. ¿Cuál es la diferencia? Que los animales no pueden decir no y las personas   humanas sí. Por ejemplo, un marido puede sentir un impulso sexual muy fuerte pero como su mujer acaba de dar a luz, por amor, no se deja llevar por él. Al contrario, él lo dirige. O puede hacerlo.

Los impulsos pueden ser muy fuertes, pero no son instintos. No somos animales, aunque a veces parezca que nos comportamos peor que ellos.  

Pues bien, la mujer, que antes gozaba de un singular privilegio, por encima del varón, al creerse la mentira del demonio (“seréis como dioses, si haces eso serás para Adán como una diosa y él te adorará), acabó sometida al mismo varón que al que quería someter.

Esto se ha repetido muchísimas veces a lo largo de la historia. En ocasiones la mujer confunde el ser adorada con el ser querida y el ser querida con el ser deseada. No es lo mismo.  Querer que ese chico o ese hombre la adore (así, tal cual,  adorar), es una idolatría: “Sólo adorarás al Señor tu Dios”. Es secuela del pecado original. Está en la naturaleza de la mujer ser querida por el varón. Pero ser querida no es lo mismo que ser adorada. Si entre la mujer y el varón no hay “espacio” para Dios, pueden acabar adorándose el uno al otro.

Pero claro, al descubrir, con el tiempo, todos los defectos de la otra persona, al descubrir que no es todo lo que pensábamos que era, o bien la despreciamos o bien le exigimos que se comporte… como si fuese Dios. Y, como no puede, porque no es Dios, la esclavizamos a algo que nunca podrá ser. Y convertimos su vida en un auténtico infierno.

Ser querida tampoco es lo mismo que ser deseada. Está inscrito en la naturaleza de la mujer “que él venga a mí” como está inscrito en la naturaleza del varón “ir a la mujer”. Pero en ocasiones, la mujer confunde en la mirada del varón el amor con el deseo. Piensa que es sólo amor lo que, en ocasiones, puede ser sólo deseo. La diferencia se nota, sobre todo, después. Es  evidente que si el varón “pasa” de la mujer una vez ha satisfecho su deseo, ahí no hay amor… o hay muy poco. Algunas mujeres creen que pueden dominar a su hombre cediendo en este terreno y lo que acaba sucediendo es que son ellas las dominadas por sus hombres. Creen tener dominada la situación y, en realidad, las dominadas son ellas, convirtiéndose en esclavas de los caprichos (pecados) del otro, de la falta de dominio que tiene el varón sobre sí mismo.

 

A esta triste situación Dios puede poner remedio, si las personas, varones y mujeres, le dejamos. En primer lugar, se trata de ponerle a Él, a Dios, el primero. Adorarle sólo a Él y Él nos dará la fuerza no para dominar, no para poseer, sino para darse a los demás (amar), la mujer al varón y el varón a la mujer.