Hará cosa de unas semanas. Quizá un mes. Quizá dos. Estaba intentando explicar a los niños lo importante que son las bendiciones cuando una niña me preguntó “¿Qué es una bendición?”. Confieso que la niña me desconcertó. Y no se me ocurrió otra cosa que preguntarle, sobre la marcha, “¿sabes lo que es una maldición?”. Lo sorprendente es que me respondió que “sí”. A lo que añadí en una conclusión muy poco teológica “pues una bendición es lo contrario”. Es posible —así lo quiero pensar— que a la niña le sirviera la respuesta como una primera aproximación para conocer algo de lo que hasta hacía bien poco ignoraba. 

No dejó de preocuparme, no obstante, que tuviera un conocimiento cabal —lo dijo absolutamente segura— de lo que es una maldición y, sin embargo, ignorara lo que es una bendición. Eso duele. Porque, en cierto modo,  pone de manifiesto que se conoce más el poder del maligno que el poder de Dios.

Pues bien, tampoco en este caso se puede decir propiamente que sea Dios el que castiga, como decíamos en los comentarios anteriores. Es el hombre mismo, el varón, el que con su pecado, ha roto el orden establecido por Dios en la creación. Y aquél que estaba destinado a ser cabeza de toda la creación visible (no así de los ángeles ni de Dios, evidentemente), transmitió, como una peste, su propio mal a toda la creación. Fue Adán el que con su acción maldijo la tierra. 

Desde aquel momento “con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirá espinas y zarzas, y comerás las plantas del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a tierra pues de ella fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás”. 

 Es difícil comprender lo que significa esta maldición porque no tenemos experiencia directa de la bendición del Paraíso como la tenía Adán. Nos cuesta imaginar el fruto de un trabajo que no canse. Incluso si tenemos un “hobby” y le         dedicamos mucho tiempo (ir en bici, jugar a las cartas, pintar, etc.), aunque disfrutamos, se da la paradoja de que, a la vez que nos descansa, también nos cansa.

Sin embargo, sí que estamos acostumbrados —pues a todos nos ha pasado más de una vez— haber trabajado mucho en una tarea y no haber sacado demasiado fruto de ella. Tal vez ningún fruto. Tuvo que ser una penitencia terrible para Adán haber conocido lo que era trabajar sin sufrir y, después, durante el resto de su vida, trabajar sufriendo y saber su descendencia sufriría igual. Porque el trabajo no es una maldición. Dios creó al hombre, lo dice la Biblia, antes del pecado original, para que trabajara. Y lo hacía con gusto. La maldición que el propio hombre se había buscado era que a partir de entonces trabajaría con esfuerzo, con dolor, con sufrimiento… y sin percibir siempre el fruto de su trabajo.

Pero eso no fue lo peor. Ni mucho menos. Lo peor fue que la muerte entró en el mundo. Por la envidia del diablo, sí, pero también por el pecado del hombre.

Sin embargo, tanto para una cosa como para la otra, tanto para el sufrimiento como para la muerte, Dios dio una esperanza y una solución. Aquella que menos cabía imaginar. Pero la dio.