En cierta ocasión me hablaron de los pecados capitales. Dicho rápido y mal son los pecados más graves, aquéllos en los que, en último término, se resuelven todos los demás pecados.

Y, el que me lo explicaba, añadió: se dice que el pecado capital de los alemanes es la soberbia, el de los franceses la lujuria y el de los españoles… el de los españoles es la envidia.

Por supuesto, esto no significa que los españoles no seamos soberbios o lujuriosos. Y menos aún que todos los franceses o todos los alemanes cumplan siempre con aquello de lo que se les acusa. Ni mucho menos.

Pero sí que es fácil percatarse de que en este país serpentea la envidia, ese no ser capaz de soportar que otra persona tenga ciertas cualidades o dones y no las tenga yo.

Pues bien, como dice el libro de la Sabiduría, la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo. El diablo no podía soportar que Dios amase más a Adán y a Eva que a él. ¡Él era superior! ¡Infinitamente superior! ¿Cómo era posible que Dios se “quedase prendado” de seres tan inferiores, materiales, siendo Dios, como era, espiritual? ¿Acaso no era él, Lucifer, la obra maestra de Dios?

Es curioso. Cuando nosotros tenemos envidia razonamos de modo semejante. Nos comparamos con la persona que ha sido agraciada con tal don o con tal cualidad y consideramos que nosotros nos lo merecemos mucho más. Y pensamos que la situación es injusta.

Desde luego, el diablo estaba convencido de ello. Y llevó a cabo el plan que estamos contemplando desde hace semanas. Y una de las consecuencias del pecado de Adán fue la entrada de la muerte en el mundo. No entraba en el plan original de Dios. En cierto modo, a través de la insidia del diablo, el hombre se dio muerte a sí mismo. Y, desde entonces, todos tenemos que morir.

Afortunadamente, Dios tenía un “plan b”. Porque Dios siempre tiene un “plan b”. Paradójicamente, su plan para destruir el poder de la muerte pasaba justamente… por una muerte: la Suya.

Jesucristo decidió cargar sobre sí todo el pecado de los hombres —los tuyos y los míos, bien concretos, y así los de todas las personas que han existido y existirán— y todas sus consecuencias. Y entre ellas está la muerte. Y la venció de una manera que ni ángel ni hombre podía adivinar: a través de su propia muerte.

Desde entonces, desde su Resurrección, la muerte ha dejado de ser el final del camino para convertirse en la puerta que lleva a la Vida con mayúsculas.

 

Sin esta mirada a la vida eterna, incoada ya en este mundo en la vida de cada una de las personas que existen, no se puede comprender el cristianismo. Juzgamos, demasiado a menudo, las cosas como si tan sólo fuésemos a vivir en este mundo y, después, la nada. Así no hay manera de entender a Dios. Menos aún de comprender por qué algunas cosas —algunas verdaderamente  terribles— las permite Dios. Él lo que desea es salvarnos… pero no para esta vida sino para la vida eterna. Y nosotros, con frecuencia, lo olvidamos.