Hemos concluido nuestra meditación sobre el pecado de nuestros primeros padres y sus consecuencias. Dan mucho más de sí, por supuesto, pero en algún momento había que parar.

Continuaremos ahora siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica más o menos en el lugar en el que lo dejamos, después de este paréntesis de casi un par de meses.

Este pasado jueves por la mañana leí que el Papa Francisco había dicho en el ángelus, entre otras muchas cosas, que ser cristiano es algo más que vivir los diez mandamientos. Cierto.

Conviene tener en cuenta, sin embargo, que dijo que es algo más que vivir los diez mandamientos… y no dijo que es algo menos. Los diez mandamientos forman parte tanto de la religión cristiana como de la religión judía y hay que vivirlos. Y es muy difícil. Y los estudiaremos, si nos da la vida, uno por uno, cuando llegue el momento.

Pero el cristianismo no es un conjunto de reglas y normas de conducta. No es como una  especie de club social que, como todos, se rige por una serie de leyes que debes aceptar si quieres formar parte de él.

El cristianismo tampoco es una religión de libro, como si el libro, por muy sagrado que sea, lo sea absolutamente todo.

Los cristianos tenemos las Sagradas Escrituras. Y son Escrituras (y por tanto, están en un libro). Y son Sagradas. Y la mayor parte de los cristianos en los últimos siglos no les hemos hecho ni caso. No las leemos. Si otros las leen —por ejemplo, en misa—, no las escuchamos. Y si las escuchamos no las ponemos en práctica.     Todos salimos perdiendo porque tras ellas siempre habla Dios y, por tanto, siempre dicen la verdad.

Pero, siendo imprescindibles, tampoco es lo central en el cristianismo. Porque lo central en el cristianismo nunca será una cosa, por muy santa que sea. Lo central en el cristianismo es una Persona: Jesucristo. Es una Persona viva. Una Persona que murió, sí, pero que resucitó. Una   Persona que está deseando entrar en contacto   contigo, especialmente a través de la oración y de los sacramentos. Una Persona que desea que tengas experiencia de Él.

 

Una Persona, en definitiva, que casi te suplica que le hables… y que le escuches. Porque a las Personas o se las trata personalmente o no se las trata. Si quieres hablar con Él, pídeselo. Aunque no sepas cómo. A tu manera, dile: “quiero hablar contigo”. Y sentirás que ya has comenzado a hacerlo…