Nos encontramos a mitad de siglo XV. Francia está a punto de ser devorada por los reinos colindantes. Cuando todo parece perdido, Dios elige a una aldeana para lograr lo que ningún caballero francés había logrado hasta la fecha: salvar a Francia de su completa destrucción.

Y para ello, Dios se vale de medios extraordinarios. Una muchacha de diecisiete años comienza a escuchar voces, voces de los santos, que le dicen que tiene que salvar a Francia. Y ella les hace caso.

Una aldeana, una pastora. No sabía ni leer ni escribir. Jamás había empuñado una espada. Los caballeros y dignatarios se ríen de ella. Pero la gente sencilla del pueblo la cree. Así que los poderosos deciden darle una oportunidad. Total, ¿qué más da, si ya está  todo perdido?

Y, para el asombro de todos, en cada batalla donde se encuentra la muchacha, la doncella, la que no sabe ni leer ni escribir, la que no entiende de batallas ni de contiendas… consigue la victoria. Una tras otra. Así, Juana de Arco, se convierte en la Doncella de Orleans.

Sí. Dios le había dicho a través de las voces de sus santos que ella salvaría su reino, lo que hoy llamaríamos “su país”. Pero no le dijo cómo.

Para salvar su reino —esto es historia no leyenda, así como es historia el detallado recorrido de sus victorias— tuvo que ser traicionada por algunos de los suyos, condenada por algunas personas que formaban parte de la Iglesia (también hubo personas de Iglesia que se opusieron, pero fueros desplazadas) y morir     quemada viva en la hoguera.

La última palabra que salió de sus labios fue tan sencilla y tan sublime como su vida: “Jesús”. Y Jesús la salvó… no de la muerte sino de la muerte eterna. Es mártir en el Cielo y tiene más gloria que muchos otros santos.

La palabra “Jesús” en hebreo significa “Dios salva”. En efecto, tan sólo Dios puede salvar. Puede salvarme de todo: del paro, de la enfermedad, del hambre, de la guerra… pero, sobre todo, de lo que nos quiere salvar Jesucristo es de la muerte eterna a la que nos llevan nuestros pecados.

Jesús nos salvó con su Muerte en la Cruz y con su Resurrección. Todo pecado es una ofensa grande a Dios y sólo Dios mismo podía pagar una ofensa semejante. La alegría cristiana brota de que, efectivamente, Jesucristo lo hizo. Basta que pidamos ser acogidos por su Misericordia en el sacramento de la confesión.

Sí, yo necesito ser salvado por Él. Muchas veces. Necesito ser salvado de mí mismo, del mal que hago y del mal que me hago. Y Él lo ha hecho.

 

Por eso, en el Credo, uno de los muchos títulos que se ha ganado Jesucristo es el “Salvador”. Bajo el Cielo no hay otro nombre que pueda salvarnos. Sólo Él. No hay otro.