Es complicado. Tuve un profesor andaluz muy gracioso y muy listo que decía a sus alumnos que, en ocasiones, pensábamos en Jesús sólo como hombre y no como Dios y, en ocasiones, pensábamos en Jesucristo como Dios y no como hombre.

Es complicado. El mismo que absolutamente reventado por una jornada agotadora de trabajo y se queda completamente dormido en plena tormenta es el mismo que con una sola palabra es capaz calmar la tempestad. Tú y yo podemos quedarnos dormidos en cualquier sitio después de una dura jornada de trabajo. Incluso podemos quedarnos dormidos sin haber trabajado demasiado. Pero, que yo sepa, nunca hemos detenido una tormenta con nuestra sola palabra. Yo no la he detenido nunca, ni con palabra ni sin ella.  

Es complicado. El mismo que llora roto de dolor por la muerte de su amigo, Lázaro, es el mismo que con una voz de su palabra lo devuelve a la vida. Tú y yo, seguro, hemos llorado más de una vez ante la muerte de una persona que queremos pero, por mucho que hallamos gritado, jamás le hemos devuelto la vida.

Y es que Jesús no es sólo un hombre. No es un hombre cualquiera. Ni tan sólo un hombre excepcional. Es el único hombre que es Dios. Es las dos cosas a la vez. Y eso, de ordinario, nos confunde.

En una ocasión vi una pintura de un Nacimiento. Supongo que sería Navidad. Quizá me la enviaron por correo. No lo recuerdo. El caso es que en aquella pintura, la Virgen, que ya había dado a luz, estaba, junto a San José, de rodillas delante del Niño.

¡Ala!, pensé, se han pasado un poco. Más tarde, dándole vueltas, me llegué a convencer de que el pintor tenía razón. No sé si la Virgen se arrodilló o no delante de su Hijo alguna vez. Pero podía hacerlo. Porque ese Niño que había dado a luz era —es— su Creador. Así, como suena.

La Virgen le cambió los pañales al Creador de todas las galaxias conocidas. Y ese Creador, al ser también hombre verdadero, tenía hambre, sueño, sed, calor, frío…

La tradición cristiana ha intentado unir la dimensión humana y la divina uniendo dos palabras: “Jesús” y “Cristo”. Y de ahí sale la palabra “Jesucristo”, verdadero Dios y verdadero hombre.

Otra palabra que ayuda a manifestar la divinidad de Jesús es el “Kirios”, el Señor. Es, por decirlo de alguna manera, “el que tiene todo el poder”.

Unas palabras del Evangelio pueden ayudar. Tras la Resurrección, en una de sus apariciones y justo antes de su Ascensión a los Cielos, Jesús manifestó a sus discípulos: “Se me ha dado todo el poder en el Cielo y en la Tierra”. Todo el poder es todo el poder. Es otra manera de decir que es el Todopoderoso. En definitiva, que es Dios…

… y sigue siendo hombre. Incluso ahora, en el Cielo, tiene un cuerpo glorioso, sí, pero un cuerpo humano. Sigue siendo verdadero hombre aunque sea verdaderamente Dios.

 

Sí, es complicado. Pero  es verdad.