A las 12 de la mañana, todos los días, era costumbre entre muchos cristianos detenerse un instante y rezar una oración que maravilla por su profundidad y por su sencillez: el Ángelus.

Dice así:

- El ángel del Señor anunció a María

- Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Aquí se reza un avemaría.

- Y el Verbo de Dios se hizo hombre.

- Y habitó entre nosotros.

Aquí se reza otra avemaría.

- Ruega por nosotros Santa Madre de Dios

- Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo

Oremos: Derrama, Señor, tu gracia sobre nuestras almas para que los que habiendo conocido por el anuncio del ángel la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, por Su Pasión y Su Cruz lleguemos a la Gloria de la Resurreción, por     Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

No dura ni tres minutos, bien rezada. Y, sin embargo, se podrían escribir libros enteros sobre algunas de sus frases más sencillas.

Y una de las más sencillas y de las más sublimes es la que se puso por escrito en el    Evangelio de San Juan: “Y el Verbo se hizo   hombre”.

El Verbo. Dios de Dios, como dice el Credo. Espíritu puro y Santo… se hizo uno de nosotros… se hizo Niño. Se hizo Bebé. Sin dejar de ser Dios. Sin dejar nunca de ser Dios.

Pensó con inteligencia humana, trabajó con manos de hombre y amó con corazón de hombre… del único hombre que es Dios.

Jesucristo no es tan sólo un hombre especial. Ni tan sólo el mejor. Es el único que es Dios. Pero ha querido —y quiere— que le conozcamos a través de su humanidad. Por eso es tan importante leer los Evangelios. Porque sólo allí sabemos que dice, que piensa, que siente… lo que le hacer   llorar, lo que le divierte, lo que le apena. Es desde ahí desde dónde podemos conocer a Dios.

 

Si lo pensamos bien… que Alguien tan grande se haya hecho tan pequeño… y lo haya hecho por ti y por mí… ¿No es la manifestación más  maravillosa del amor que nos tiene?