El otro día, mientras iba en el coche ya no recuerdo hacia dónde, encendí la radio. La locutora presentó la canción que iba a sonar a continuación calificando al cantante como un “transgresor”.

La entonación que le infundía a la palabra “transgresor” daba a entender que no la comprendía como un vicio sino como una virtud. Se podría traducir por algo así: ¡Por fin alguien que se atreve a romper con el orden establecido!

No deja de ser curioso, porque llevamos ya varios siglos en los que la mayor parte de la gente no hace más que romper con el orden establecido. Y ya me empiezo a preguntar si todavía queda algún orden que romper. Quizá en este ambiente habría que llamar “transgresor” no al que rompe con el orden sino, sencillamente, al que obedece dicho orden.

Pero la obediencia no es una virtud de moda. De hecho, ya casi nadie la considera una virtud. Si, acaso, es la virtud de los tontos, de aquellos que no tienen la suficiente personalidad como para tomar sus propias decisiones y no hacen más que inclinarse ante la voluntad de los demás.

La obediencia por la obediencia no tiene por qué ser una virtud, eso es cierto. Nadie llamaría virtuosa a una persona que se dedica a obedecer las órdenes de un asesino de niños inocentes, por ejemplo.

Y, por otro lado, en ocasiones, lo virtuoso puede ser desobedecer. Así, por ejemplo, cuando los primeros cristianos desobedecieron la orden del César que pedía que le adorasen a él como si fuese Dios. Pero hay que entenderlo bien. No fueron virtuosos en este caso por desobedecer al César sino por obedecer a Dios. Pues, como dijeron los Apóstoles: “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres”. Claro que, en ocasiones, eso te puede costar la vida. Y no son teorías. Muchos de ellos, por amor, murieron, manifestando con ello una fortaleza que no podía ser tan sólo humana.

También la Virgen obedeció. Cuando se le presentó el ángel y expuso el plan que Dios tenía sobre Ella, se quedó esperando una contestación. Tal vez Ella tenía otros planes. Pero obedeció. Por amor, obedeció. Durante toda su vida. Especialmente en la Cruz. Si Jesucristo murió hasta la muerte, María obedeció hasta la muerte de su Hijo.

A lo largo de toda nuestra vida también nosotros decimos con nuestras obras (Dios mira más nuestras obras que nuestras palabras) si le obedecemos o no. Hasta el momento final. Dios desea hijos que le amen libremente o que libremente no le amen. Y el amor se manifiesta también a través de la obediencia.

 

No, no parece que sea la virtud de los tontos. Si Jesucristo y la Virgen la vivieron a la perfección… al desobedecer a Dios ¿no nos estaremos pasando un poco de “listos”?