No sé si habrás tenido ocasión de estar en una celebración de una misa en el día de la Inmaculada. Si, por una de esas cosas de la vida te da por ir a misa un 8 de diciembre es posible que te encuentres que ese día el sacerdote no “va vestido” de blanco, ni de verde, ni de rojo y tampoco de morado… va vestido de azul.

Es posible que en esa parroquia o en esa iglesia no tengan casulla azul (ése es su nombre y no “vestido”) y entonces el sacerdote lleve puesta una blanca. Pero, en muchos lugares de España, si la tienen, los sacerdotes se pondrán la azul.

Hace ya algún tiempo, Alejandro Sanz dejó caer una canción cuyo estribillo era el siguiente: “Si hay Dios, seguramente entiende de emoción”. En su momento me llamó la atención de que se atreviera a tocar un tema así. Hay como un temor grande, incluso entre las personas que se dicen creyentes para hablar de Dios en público. Parece como un tema tabú. Que si se van a reír de mí, que qué van a decir, etc…

Este cantante, en aquella ocasión, puso sobre la mesa un tema profundamente cristiano.

Es complicado. Tuve un profesor andaluz muy gracioso y muy listo que decía a sus alumnos que, en ocasiones, pensábamos en Jesús sólo como hombre y no como Dios y, en ocasiones, pensábamos en Jesucristo como Dios y no como hombre.

Es complicado. El mismo que absolutamente reventado por una jornada agotadora de trabajo y se queda completamente dormido en plena tormenta es el mismo que con una sola palabra es capaz calmar la tempestad. Tú y yo podemos quedarnos dormidos en cualquier sitio después de una dura jornada de trabajo. Incluso podemos quedarnos dormidos sin haber trabajado demasiado. Pero, que yo sepa, nunca hemos detenido una tormenta con nuestra sola palabra. Yo no la he detenido nunca, ni con palabra ni sin ella.  

Nos encontramos a mitad de siglo XV. Francia está a punto de ser devorada por los reinos colindantes. Cuando todo parece perdido, Dios elige a una aldeana para lograr lo que ningún caballero francés había logrado hasta la fecha: salvar a Francia de su completa destrucción.

Y para ello, Dios se vale de medios extraordinarios. Una muchacha de diecisiete años comienza a escuchar voces, voces de los santos, que le dicen que tiene que salvar a Francia. Y ella les hace caso.

Hemos concluido nuestra meditación sobre el pecado de nuestros primeros padres y sus consecuencias. Dan mucho más de sí, por supuesto, pero en algún momento había que parar.

Continuaremos ahora siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica más o menos en el lugar en el que lo dejamos, después de este paréntesis de casi un par de meses.

Este pasado jueves por la mañana leí que el Papa Francisco había dicho en el ángelus, entre otras muchas cosas, que ser cristiano es algo más que vivir los diez mandamientos. Cierto.

En cierta ocasión me hablaron de los pecados capitales. Dicho rápido y mal son los pecados más graves, aquéllos en los que, en último término, se resuelven todos los demás pecados.

Y, el que me lo explicaba, añadió: se dice que el pecado capital de los alemanes es la soberbia, el de los franceses la lujuria y el de los españoles… el de los españoles es la envidia.

Hará cosa de unas semanas. Quizá un mes. Quizá dos. Estaba intentando explicar a los niños lo importante que son las bendiciones cuando una niña me preguntó “¿Qué es una bendición?”. Confieso que la niña me desconcertó. Y no se me ocurrió otra cosa que preguntarle, sobre la marcha, “¿sabes lo que es una maldición?”. Lo sorprendente es que me respondió que “sí”. A lo que añadí en una conclusión muy poco teológica “pues una bendición es lo contrario”. Es posible —así lo quiero pensar— que a la niña le sirviera la respuesta como una primera aproximación para conocer algo de lo que hasta hacía bien poco ignoraba. 

El que llegaría a ser Juan Pablo II hizo una distinción importante entre “impulso” e “instinto”. La palabra “instinto” se puede usar  para traducir el texto de la Sagrada Escritura pero, hoy en día tiene unas connotaciones que, quizá, no la hacen del todo conveniente.

Por eso Wojtyla distinguió entre “impulso” e “instinto”. Los animales tienen instinto. Tienen instinto de supervivencia e instinto de reproducción, por ejemplo. Los varones y las mujeres no tienen instinto de reproducción, tienen impulso sexual. ¿Cuál es la diferencia? Que los animales no pueden decir no y las personas   humanas sí. Por ejemplo, un marido puede sentir un impulso sexual muy fuerte pero como su mujer acaba de dar a luz, por amor, no se deja llevar por él. Al contrario, él lo dirige. O puede hacerlo.

El “castigo” a Eva —y con ella a todas las  mujeres del mundo salvo a una— es el siguiente:

“Multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz a tus hijos; hacia tu marido te empujará tu instinto y él te dominará”.

Siempre me ha llamado la atención de que el castigo a la mujer es profundamente personal. Mientras que el “castigo” del hombre remite a la creación y al trabajo, como veremos, el de la mujer siempre remite a una relación interpersonal: a sus hijos o a su marido. Es como si la creación entera hubiese sido encomendada a los dos, pero especialmente al varón y el cuidado de las personas fuese también encomendado a los dos, pero para el que la mujer tiene un singularísimo don.

Los “dolores de tus embarazos” remiten, naturalmente, a los dolores propios de dar a luz. Dolores que, tan sólo en parte y tan sólo en algunas partes del planeta, han sido mitigados (como la epidural, por ejemplo) aunque nunca eliminados por completo.