Imagínate que no puedes ver un partido de fútbol o el desenlace de tu serie favorita. A pesar del fastidio, tienes cierta esperanza porque una persona amiga tuya ha visto el partido o el último capítulo de la serie. Es más, te la ha grabado.

Por supuesto, no quieres que te lo cuente todo pero, a la vez, quieres saber si vale la pena ver el final o no. Porque si después de haber hecho el sacrificio de no poder verlo en directo (por razones de trabajo o por motivos familiares, por ejemplo), encima, después, te vas a quedar peor, para eso no vale la pena intentarlo si quiera.

Pero resulta que esa persona amiga tuya te dice: “tienes que verlo, te va a gustar”. Y resulta que lo ves y comienza perdiendo tu equipo (y de mucho) o en el desenlace de la serie parece que todo va a acabar fatal. Tienes dos opciones: o  creer a la persona que te lo ha dicho y seguir hasta el final o no creerla y detenerte justo en el punto en el que lo has dejado.

Pues bien, llegar hasta el final es creer a Dios en lo que ha dicho que va a suceder. Si recuerdas la meditación de la semana pasada, sabrás que hablábamos de los “castigos” de Dios: a la serpiente, al hombre y a la mujer.

 El castigo a la serpiente es el siguiente:

 

En cierta ocasión, al hacer una trastada en mi casa, mi padre me castigó sin una semana de tele. Para mí, que era niño, en aquel momento una semana sin tele era una semana sin dibujos, que entonces daban justo después de comer. Para hacer honor a la verdad, aunque no recuerdo lo que hice tenía perfecta conciencia de que lo había hecho mal. Eso sí lo recuerdo. Me lo merecía. Y para que no lo volviese a hacer mi padre me castigó dónde más me dolía: en los dibujos. Ése es un tipo de castigo.

Hay otro tipo de castigos. Por ejemplo, aquella vez que, a pesar de los avisos de mi madre, puse toda la palma de mi mano izquierda sobre una plancha que estaba al fuego. ¡Te puedes imaginar qué grito di! Mis padres trataron de aliviarme el dolor con todo tipo de tratamientos caseros. Pero no me castigaron. ¿Por qué no? Porque el castigo a mi propia estupidez ya me lo había infligido yo. Realmente no hizo falta más. Y debo decir que funcionó porque, para sorpresa mía, jamás he vuelto a extender la palma de mi mano sobre ningún fuego encendido.

Dios es Padre y, a veces, lo olvidamos. No conozco a ningún buen padre que no haya castigado a sus hijos alguna vez. Porque hacemos las cosas mal y necesitamos que nos corrijan, aunque escueza. Y siempre escuece. Pero escuece como el agua oxigenada sobre la herida: hiere y cura.

Por eso, porque Dios es Padre, puede castigar. Y lo hace cuando sabe que el castigo va a hacer bien a alguno de sus hijos, porque se va a enmendar.

“Castigó” al pueblo de Israel con 40 años en el desierto porque, después de haberlos sacado de Egipto con portentos, no creyeron en Él. Y en el Nuevo Testamento Jesús señala que Jerusalén sería arrasada por no haber creído en el día de su venida. Y así fue.

Pero, aunque lo puede hacer, castiga menos de la primera manera —quitando la tele— que de la segunda —quemándome la mano—. Porque, en realidad, no lo necesita. Para castigarnos nos bastamos nosotros solitos, la verdad. La destrucción de Jerusalén la permitió Dios por la incredulidad pero la llevó a cabo el Imperio Romano por sus propios intereses, y libremente.

Este es el sentido de la expresión —verdadera por lo demás— de “en el pecado está la penitencia”. Dios nos dice: no metas el dedo en el enchufe o te harás daño. Y nosotros metemos el dedo en el enchufe y nos hacemos daño. Pues bien, esta es la lógica de los mandamientos de la ley de Dios. De todos. Y es la lógica de los       “castigos” que van a caer sobre Adán y sobre Eva. No comáis del árbol de la ciencia del bien y del mal. Va y comen. Y Dios les tiene que explicar el mal que se han causado a ellos mismos y a su descendencia. Pero se lo han hecho ellos. El caso de la serpiente es diferente.

Era necesario hacer esta introducción sobre los “castigos” porque, en ocasiones, podemos caer en confusión a la hora de interpretarlos y decir que Dios no puede castigar (lo que va en contra de la Sagrada Escritura) o bien pasarnos al otro         extremo y decir que Dios es un dios castigador en el sentido de un dios vengativo que está esperando que la pieza falle para caer sobre ella como un cazador. Ninguna de las dos posiciones es verdadera.  

 

 

La semana pasada nos quedamos con la charla entre Dios y Adán. Adán ya había cometido su pecado y Dios le pregunta como quién no quiere la cosa. Cuando ya no tiene más remedio, Adán contesta: “La mujer que me diste por compañera me dio y comí”.

¡Habría que ver la cara que puso Eva! Como vimos la semana pasada, en la respuesta de Adán hay una crítica velada a Dios mismo: esa que Tú me diste… como si insinuara: “la culpa no es sólo de ella, también es Tuya porque me has dado una mujer mala”.

Dios no le contesta. Se dirige a la mujer y le pregunta qué es lo que ha hecho. La mujer ha aprendido rápidamente la fórmula de Adán para intentar salir del paso: “la serpiente me engañó y comí”.

Y Dios se dirige a la serpiente. Pero al demonio no le pregunta nada, tan sólo le señala su castigo. También les explica a Adán y a Eva qué es lo que se han hecho a sí mismos y a su descendencia.

Pero antes de adentrarnos en la cuestión de los “castigos” sería bueno detenerse en el fenómeno de la culpa. Es algo así como la peste. No la quiere nadie. Es como si quemara entre las manos y hubiese que quitársela cuanto antes de encima.

Antiguamente los niños jugaban a un juego al que llamaban “la bomba”. Uno comenzaba con un balón en las manos y se lo pasaba al otro y otro al otro… mientras todos contaban hacia atrás un  minuto o a lo sumo dos. Cuando la cuenta llegaba a cero, el que tenía el balón en las manos perdía: le había estallado la bomba.

Lo mismo parece suceder con el fenómeno de la culpa. Nadie la quiere. Tenemos una sed casi insaciable de que nos alaben, que nos reconozcan, que hablen bien de nosotros… ¡oh, entonces sí! ¡Entonces sí que queremos que quede muy claro que hemos sido nosotros!

Pero cuando hemos hecho una cosa mal… ¿Decimos sencillamente: “he sido yo, lo siento”? ¿No es más fácil echarle la culpa al otro? ¿No es más fácil echarle la culpa al “Otro”? “Al fin y al cabo, si Dios lo permitió, también es culpa suya”, nos podemos decir. O de las circunstancias, o de tal persona o tal otra. O de mi infancia, o de la  sociedad en que vivimos… todo menos decir “es culpa mía, lo siento, intentaré no hacerlo más”.

Una de las muchas lecciones que se desprende de este primer pecado, como prototipo de todo pecado, es “echar la culpa a otro de lo que he hecho yo” es, siempre, fruto de mi propio pecado.

 

Además, humanamente hablando, es mucho más amable una persona que reconoce su culpa que una que no lo hace. Y también más digna de confianza. Cuando una persona reconoce una verdad que le humilla, que le hace quedar mal, es más fácil que diga la verdad también en otras ocasiones que le resulten más favorables. Es     decir, es más sencillo que, por norma, suela decir siempre la verdad… aunque a veces quede mal.

Tras cometer el primer pecado, Adán y Eva experimentaron el mal dentro de ellos. Por primera vez se dieron cuenta de que estaban desnudos y tuvieron necesidad de cubrirse. La mirada del otro ya no era limpia o no era totalmente limpia y había que protegerse.

Y entonces llegó Dios y formuló una pregunta que lleva recorriendo la historia de los hombres: “Adán, ¿dónde estás?”. Dios, que se hace el tonto (es evidente que sabe perfectamente dónde está Adán), le busca… pero el hombre se esconde. Es casi como una síntesis de la reacción de la mayoría de las personas ante Dios: miedo.

Y hay miedo porque hay conciencia de pecado y se teme el castigo. Ha desaparecido la visión de Dios que tenía Adán como Aquél ser Supremo maravillosamente Bello y Bueno que los había creado por Amor y por Amor les había regalado toda la creación visible. En ese momento el “dios” que ven sus ojos es un “dios” vengativo que va a caer sobre ellos de manera implacable.

La jugada del demonio estaba bien pensada. No podía evitar que Dios amase infinitamente a Adán y Eva pero sí enturbiar la mirada del hombre y de la mujer respecto de Dios. Al pecar, nuestra visión sobre el ser de Dios se entenebrece porque algo dentro de nosotros se ha roto. Para ello, el demonio tenía que contar con la libertad de Adán y Eva y así lo hizo: les engañó.

Y entró el pecado en el mundo de los hombres (en el mundo de los ángeles ya había entrado). Y con el pecado llegó el miedo. Es la primera vez que aparece esa palabra en la Biblia y la pronuncia Adán: “Tuve miedo y me escondí”. Miedo de Dios. Ya no se ve a Dios como Padre. No es una cuestión meramente intelectual.      Atraviesa toda la existencia y el hombre “olvida”, por así decir, quién es Dios y quién es él.

Es en la confesión sacramental, que vendrá varios milenios después gracias a Jesucristo, donde se cura ese miedo, donde se experimenta, si se acerca uno con sinceridad y arrepentimiento, que ese “dios” de la venganza no existe, que existe el Dios de la Misericordia, que cuando confiesas tu mal no sólo no te condena sino que te perdona.

Pero nos estamos adelantando mucho. Adán le responde a Dios que tuvo miedo, que estaba desnudo y que se escondió. Dios le pregunta quién le había informado de que estaba desnudo “¿acaso has comido del árbol que te prohibí comer?”.

Evidentemente, Dios sabe todo lo que ha ocurrido, pero desea que sea el propio Adán quién se lo diga. Y lo sorprendente es la respuesta de Adán: “la mujer que me diste por compañera me dio y comí”.

Es otra realidad que se desprende del pecado: la necesidad de echarle “el muerto” a alguien, el fenómeno de la culpa. Esto, como lo del miedo, ¡ay! lo sé por propia experiencia. Cuando se comete un pecado es muy difícil reconocerlo, uno tiende a echarle las culpas a las circunstancias, a los demás… incluso al mismo Dios. Al fin y al cabo Dios lo podía haber evitado ¿no?

 

En las palabras de Adán hay una crítica velada a Dios mismo: tú me diste a la mujer, también es culpa tuya. Y, por supuesto, es culpa de ella. Ella es la que me ha metido en este lío… No le resulta fácil reconocer que podía haber dicho que no… 

¿Quién es más débil? ¿El hombre o la mujer? Esta es otra de las grandes preguntas que generan, por sí solas, un enorme debate. Cuando la he formulado ante hombres y mujeres los más sensatos me han contestado que “depende”.

Todos admiten, por ejemplo, que físicamente (en cuanto a fuerza bruta se refiere), lo natural es que el hombre sea más fuerte que la mujer. Digo “lo natural” porque siempre se pueden buscar excepciones. Una mujer que se dedica al culturismo es notablemente más fuerte, por ejemplo, que muchos varones. Pero en general se acepta que físicamente, en cuanto a fuerza bruta, el hombre es más fuerte.

Digo en cuanto a fuerza bruta porque ni siquiera físicamente está tan claro que el hombre sea más fuerte, al menos, en algún sentido. Pues si por fuerza se entiende no la capacidad de cargar o descargar cosas sino la capacidad de resistir el dolor, por ejemplo, la cosa ya no está tan clara. Al fin y al cabo, el cuerpo de la mujer está “diseñado” con la capacidad de sobrellevar dos vidas: la de la mujer y la de su hijo.

Si nos adentramos en el terreno psíquico, la cosa se lía todavía más. Casi todas las mujeres a las que he preguntado están convencidas de que psíquicamente la mujer es, de media, mucho más resistente que el varón.

Por otro lado, muchos varones aseguran que la mujer, que tiene muchísimas cualidades, tiende a ser más insegura que el varón. Y esto, a la mayor parte de las mujeres las pone muy nerviosas.

Además, está la cuestión de las virtudes. Cada persona, varón o mujer, puede ser más esto o más lo otro en función de las virtudes que haya adquirido repitiendo actos. 

Podríamos seguir así durante varios días. Tal vez años. Tan sólo planteo la cuestión porque el demonio, la serpiente, tentó a Eva y no tentó a Adán. Desde la antigüedad muchos defendieron, por ello, que la mujer era el punto más débil. Así, cuando se intenta conquistar una fortaleza, si se conoce, se ataca siempre al punto más débil. 

La mujer comete el error de entrar en diálogo con la serpiente. Ésta le dice que Dios les ha prohibido comer de todos los árboles del jardín. Ella comete el error de responder, afirmando que no, que Dios tan sólo les ha prohibido comer del árbol de bien y del mal.              

El demonio pone en duda el amor de Dios: os lo ha prohibido porque sabe que el día que comáis seréis como dioses, conocedores del bien y del mal. La mujer mira el fruto, lo ve apetecible para alcanzar sabiduría y come. Y le da a su marido que también come. Y entonces se dieron cuenta de que estaban desnudos.

Lo asombroso de todo el asunto es que Adán no dice nada. Se limita a obedecer a su mujer. La obedece incluso sabiendo que le propone algo que va en contra de Dios. ¿La mujer es el punto más débil? Al menos ella dialoga con el demonio, hay un tira y afloja. Adán ni eso.

 

Tal vez sí era el punto más débil… del varón. El demonio sabía que si la mujer caía el varón también lo haría. Visto así no tiene nada de sorprendente que Dios también haya escogido a una mujer para levantar al hombre: La Virgen María. Sí, la criatura más perfecta que existe, por encima de los ángeles, es una mujer. Es la Mujer.

Como muchos de vosotros ya sabéis, mis padres tienen un perro. Cuando era niño siempre había querido tener un perro. Pero las condiciones de la casa no daban para ello. Mis padres siempre podían haber dicho que con un animal en casa —yo— ya había suficiente. No lo dijeron, pero lo podían haber dicho.

Durante un año en una parroquia conviví con otro sacerdote que tenía un gato. Lo cierto es que tanto con el perro como con el gato he disfrutado mucho. El perro es bastante más cariñoso que el gato. Al menos este perro con respecto a aquél gato que conocí. La curiosidad del gato, sin embargo, no dejaba nunca de sorprenderme.

Se pueden aprender cosas de los animales. Y aunque son muchas las cosas que nos distinguen de ellos hoy me quiero fijar tan sólo en una: nosotros somos libres.

Quizá te pueda parecer que los animales también lo son, en cierto modo. Y seguramente tendrás razón pero fíjate en una cosa: el perro no puede dejar de ser perro y el gato no puede dejar de ser gato. Son lo que son, desde su nacimiento. La cría de delfín tiene apenas unos segundos para salir a la     superficie a respirar o morirá. La madre no tiene tiempo para explicárselo. Y, en realidad, no lo necesita. Está en su código genético. En un lenguaje informático diríamos: está programada para hacerlo. Y lo hace. Y punto.

Los hombres no somos así. Son muchas las cosas que podemos decidir y hoy tan sólo me quiero fijar en una: podemos decidir a quién amamos… y a quién no. Nadie puede obligarnos a querer o a odiar a alguien. Es nuestra decisión.

¿Nunca te has preguntado por qué Dios tuvo que poner delante de Adán y de Eva una elección? ¿Por qué les advirtió que podían tomar de todos los árboles del jardín menos de uno? ¿No hubiera sido más sencillo que no hubiese creado ese árbol? ¿No nos habría ido todo mejor?

Algunos piensan que sí. Pero el caso es que Dios no quiere ordenadores, no quiere animales que le obedezcan porque está en su código genético, porque así fueron creados. Desean que le amen libremente… si quieren amarle. Y para eso tiene que correr el riesgo del rechazo.

 

No se trataba tan sólo de elegir un tipo de árbol o de otro. Se trataba, al hacerlo, de elegir entre obedecer a Dios o no. En definitiva, de amarle o no. Y eligieron que no. Afortunadamente para nosotros no todo se quedó ahí y recibieron una promesa de salvación tanto para ellos como para toda su descendencia, que se iba a ver afectada por su decisión. Pero esto lo empezaremos a ver más detenidamente, si Dios quiere, la semana que viene… 

Tan sólo vi un par de capítulos. Pero confieso que, cuando era niño, aunque sólo fueran dos capítulos, vi unos dibujos animados que trataban de unos osos de peluche que —me parece— se llamaban los osos amorosos. Creo que los dejé de ver porque, aunque entonces no lo pudiera expresar así, eran muy empalagosos. Eran tan tremendamente “buenos” que hartaban. Al menos, a mí.

Pues bien, esta es justamente la imagen que no hay que tener en mente cuando se piensa en la bondad original de Adán y Eva antes del primer pecado. Quizá tan sólo la vida de los santos, en su momento álgido, nos puede hacer imaginar lo que tuvieron que ser, y eso tan sólo en parte. Pues Adán y Eva no iban a morir y los santos mueren. Van a Cielo, pero primero mueren.

Adán y Eva no tenían una inclinación al mal como todos nosotros tenemos. También los santos la tienen, aunque, con la gracia de Dios, la vencen. Pero no eran puro merengue (entiéndase bien, que aquí no estoy hablando de fútbol). Eran, en plenitud, lo que nosotros —y ellos mismos después de su pecado— somos tan sólo en parte.

Tenían un dominio absoluto sobre sí mismos. Carecían de las luchas contra las pasiones que nosotros poseemos. No podían caer enfermos y la naturaleza no se volvía violentamente contra ellos.

Vivían en un estado de plenitud, no de carencia. Y si se le llama a su estado el estado de “inocencia originaria” no debemos entender por ello que fueran como  niños pequeños o que fuesen ingenuos. Todo caso, se podría decir que vivían en una docta ignorancia: la de no experimentar en sí mismos lo que es el mal.

Pero tan grande plenitud de dones no anuló su libertad. Dios les puso una prueba: hay cosas que están bien y cosas que están mal. Sólo Yo —Dios— soy el Legislador. Y te digo que si comes de ese árbol, si en lugar de descubrir el bien y el mal te eriges en “dios” y legislas lo que es bueno y lo que es malo, morirás.  No “te mataré” sino “morirás” porque serás tú solo el que te hagas el daño, no Yo.

Hay personas excepcionalmente inteligentes, otras singularmente bellas,       algunas especialmente hábiles en tales o cuales materias… pero todos son libres y todos pueden hacer (y hacerse) mal y hacer (y hacerse bien). Lo que deciden hacer, a través de sus acciones, tiene repercusiones, siempre, tanto para los demás como para sí mismos.

Y la decisión que tomaron nuestros primeros padres tuvo repercusión para todos. Su poder entonces era tal que influiría en toda su descendencia, de modo análogo a cómo se transmiten algunas cualidades —incluso     enfermedades— de modo genético.

 

Y decidieron mal… 

Otra de las preguntas —siguiendo con la conversación de la semana anterior— que, en ocasiones, hacía a los novios que se preparaban para la boda era la siguiente: ¿Cuál es la ficha más importante del ajedrez?

Unos contestaban que el rey, otros que la dama. Entonces matizaba la pregunta:

Mirad que he preguntado cuál es la ficha más importante del ajedrez y no cuál es la  mejor ficha del ajedrez. Entonces, casi siempre, todos contestaban: la ficha más importante del ajedrez es el rey, porque sin él se acaba la partida. Y la mejor ficha del ajedrez es la reina, porque es capaz de realizar todos los movimientos de todas las demás fichas, excepto el del caballo. El rey, en cuanto movimientos, es bastante inepto, la verdad (en el original se usaban otras expresiones que, lógicamente, no pondré por escrito aquí).

Aún no me ha quedado del todo claro quién inventó el ajedrez pero, desde luego, tenía visión de la jugada. La semana pasada veíamos cómo todos, hombres y mujeres, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Cada uno decimos algo de Él, algo diferente, además, algo que nos hace únicos con respecto a los demás.

Pero decimos algo de Él de manera diferente. Los hombres y las mujeres, por ser personas, somos iguales en dignidad. Pero está claro también que somos diferentes, y esto no sólo físicamente. La tradición siempre ha    afirmado que somos diferentes para poder entregar a la persona del otro sexo algo que es, a la vez, distinto pero complementario.

El ejemplo del ajedrez es tan sólo un ejemplo y, por lo tanto, bastante limitado. Si lo aplicásemos estrictamente a la relación marido-mujer, se tendría que decir que es propio del marido hacer cabeza y la mujer, de ordinario, si se le trata con dignidad y cariño, es la mejor ficha del juego. Una vez escuché a un músico comparar a la mujer con un instrumento mucho más delicado que podría representar al varón, que requería muchos más cuidados pero que, si se trataba bien, era capaz de producir sonidos que no estaban al alcance del instrumento que representa al varón.

Pero esto es tan sólo un ejemplo y, como todos los ejemplos, tiene sus límites. No hay uno que sea más y otra que sea menos. Ni una que sea más y otro que sea menos. Son iguales en dignidad y, a la vez, diferentes, para ser complementarios. 

 

Y lo fueron… durante un tiempo. Poco tiempo. Muy poco tiempo. Después entró el mal en el mundo y la situación actual dista mucho de ser la situación ideal. Pero eso es algo de lo que hablaremos, si Dios quiere, la semana que  viene. 

Imagina que tú, un hombre hecho y derecho, después de un día de trabajo agotador, antes de volver a casa, decides pasar por el bar y tomarte, por ejemplo, una cerveza. Desde luego, las cosas se ven mucho mejor después de una cerveza.

Cuando te la acabas y vas a echar mano a la cartera se te cae la foto de tu novia al suelo. Un hombre que está al lado, en el que, por supuesto, no te habías fijado, se te adelanta. Toma la foto entre sus manos, la mira con un desprecio insultante y, delante de ti, la rompe en pedazos.

He explicado esta historia, años atrás, a numerosas parejas que venían a hacer los cursillos prematrimoniales. Cuando, acto seguido, preguntaba a los novios qué es lo que cada uno de ellos haría en esa situación, las respuestas eran de lo más divertidas: unos le pegaban un puñetazo y después preguntaban por qué había roto la foto de su novia; otros preguntaban pero con la interna disposición de acabar dando ese puñetazo deseado… pero todos, absolutamente todos, se sentían terriblemente ofendidos.

 Cuando yo les preguntaba que por qué se enfadaban, si, al fin y al cabo, no era más que un trozo de plástico lo que habían roto, me contestaban: porque no es tan sólo un trozo de plástico.

La imagen de la chica que está en la foto lleva a la persona real de la que es imagen. Por eso la foto se mira cuando no se tiene a la persona real. Despreciar su imagen es como despreciar a la persona.

Pues bien, añadía yo, todos vosotros sois imagen de Dios. Cuando os insultan, es Dios Quien se siente insultado. Cuando os hacen un bien, es como si ese bien se lo hicieseis directamente a Dios. Porque todos habéis sido creados a su Imagen. Todos decís algo de Dios mismo, cada uno de manera única y diferente. En el hombre puede que haya mucho de humano e incluso algo de animal… pero hay también algo de divino, de sagrado, que lleva directamente a Dios porque de Dios ha salido.

Dios ha creado a todos los hombres a Su imagen. Por eso cada persona es sagrada. Cuando se aparta a Dios de la vida pública y de la vida interior de los hombres, cuando no se respetan ninguno de Sus mandamientos, es el mismo hombre el que sale perdiendo. Los hombres olvidan que la vida de los demás hombres es sagrada y se cometen aberraciones que a otras generaciones podrían haberles parecido increíbles. Tenemos la historia reciente del siglo XX para confirmarlo.

 

Las personas no se pueden reducir a los números de su carnet de identidad. No son una masa informe y completamente prescindible. Cada una de ellas tiene “algo” de divino, porque a cada una de ella Dios la ha creado a Su Imagen. 

Hay personas que piensan que no existen porque no pueden verlos. En realidad, si lo pensasen tan sólo un poco se darían cuenta de que, precisamente porque no los pueden ver, no pueden demostrar que no existen. Como tampoco se puede demostrar que existen, a través de las ciencias llamadas experimentales.

Y, sin embargo, existen. Tampoco pueden ver los pensamientos y los sentimientos de los demás y no por eso dicen que no existen. Y no tenemos a nuestros pensamientos y a nuestros sentimientos como lo más bajo en nosotros. Sabemos que otros los tienen porque nos los comunican, si quieren.

De la misma manera, sabemos que los ángeles existen porque otro nos lo ha dicho: Dios. Él no sólo creó la tierra, creó primero el Cielo y a los ángeles. Y les puso a prueba. Y el más luminoso de todos, el más poderoso, el más parecido a Dios en todo… se rebeló contra Él. Y en su rebelión arrastró a otros muchos ángeles con él. Y se convirtieron, por propia voluntad, en demonios.

Pero en el Cielo se escuchó un terrible grito: “¿Quién como Dios?”. Era San Miguel, y muchos otros ángeles se le unieron. Y hubo una batalla en el Cielo. Y San Miguel y sus ángeles vencieron. Pero la lucha, en cierto sentido, continúa, hasta el día de hoy.

Los ángeles nos sugieren obras buenas, los demonios nos susurran —eso son las tentaciones— obras malas. Estamos inmersos en una batalla que no hemos desencadenado nosotros. Pero podemos elegir libremente el bando desde el que queremos luchar.

Lucifer, el que fuera el ángel de luz, se amó a sí mismo hasta despreciar a Dios. San Miguel —cuyo nombre significa “¿Quién como Dios?”– amó a Dios hasta olvidarse de sí mismo. Cada uno de nosotros elige, con su manera de actuar, en bando en el que realmente está. Por eso, desde hace un tiempo, propongo rezar la oración a San Miguel:

Arcángel San Miguel, defiéndenos en la   batalla, ampáranos de la perversidad y de las asechanzas del enemigo, reprímale Dios, pedimos suplicantes.

 

Y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, envía al infierno con el divino poder a Satanás y a los demás espíritus inmundos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén