Hasta ahora hemos visto que Dios nuestro Padre —tu Padre, pues esto sólo se entiende en primera persona—, que lo puede absolutamente todo, que ha creado el Cielo, dónde nos quiere llevar y que ha creado la tierra, donde tenemos que trabajar.

La verdad es que si creemos que existe Dios no cuesta demasiado creer  —aunque a veces lo olvidemos— que es Todopoderoso ni que, como Creador nuestro, en, al menos un sentido, es nuestro Padre.

Y no cuesta demasiado creer en esto porque puede permanecer muy cómodamente en el plano de la teoría. Por desgracia, se puede creer en un “dios” así sin que tenga nada que ver con nuestra vida.

Sin embargo, creer que Dios es Providente no puede hacerse sin remitir a la propia vida de cada quién. Y, por eso, es mucho más difícil de creer.

Porque en nuestra propia vida —basta que repases tan sólo un poco de tu propia historia— hay dolor… y, en ocasiones, mucho dolor.

 Si tú y yo somos sinceros reconoceremos que parte de ese dolor nos lo hemos causado nosotros mismos. Los niños, más sinceros que los adultos en muchas cosas, no tienen reparo en afirmar que cuando hacen algo que saben que está mal, después, se sienten mal. El mal se queda dentro. Y se queda dentro —ellos lo reconocen— por su propia culpa.

Pero, si somos igualmente sinceros también hemos de reconocer que en nuestra vida ha habido y hay sufrimiento y dolor… que no hemos provocado nosotros mismos. Nos lo han hecho otros… y, lo más fuerte de todo… ese Dios que decimos que es tan bueno lo ha permitido. No lo ha querido, pero lo ha permitido. Y si lo ha permitido ¿cómo puede seguir siendo bueno? ¿Cómo puede seguirse pensando que es providente, que cuida      amorosamente de todas sus criaturas?

El cristiano, ante esta pregunta, sólo tiene una respuesta: Cristo en la Cruz. Él, que es inocente —tú y yo somos pecadores y, por tanto, culpables— muere en la Cruz. Por amor asume todo el mal de los hombres… y lo transforma en el mayor Bien de la humanidad.

Dios permite el mal físico —y, en ocasiones, el mal moral— no sólo porque se comprometió a dejar libres a los hombres en su actuar (lo que ya es mucho) sino porque es capaz, si queremos, de sacar del mal que sufrimos bienes para todos los hombres. Es lo que hizo —hace— Cristo y es lo que         deberíamos hacer todos los cristianos: ofrecer ese mal del que de todas formas no podemos huir para que Dios lo transforme en bien para nosotros y   para los demás.

 

Lleva su tiempo descubrir que lejos de la Cruz de Cristo el sufrimiento personal de cada quién no tiene ningún sentido. Ninguno. 

Dicen que la palabra “poesía” viene del griego y que uno de los significados que tiene es “creación”. Un verso, un poema… algo que no estaba, de repente, por trabajo del poeta y cierta inspiración, surge. Se puede aplicar a cualquier labor literaria y, si nos apuramos, a cualquier acción que realicen los hombres.

En efecto, cuando un novio entrega una rosa a su novia no hace algo nuevo en la historia de los hombres pero el día en que lo hace, la persona que la recibe, la persona que la da… hacen que sea algo nuevo y único en la historia… incluso aunque se haya hecho muchas veces. En este sentido, cualquiera de nuestras acciones supone una auténtica novedad en la historia de la creación.

Pero, en rigor, ninguno de nosotros creamos. Las personas no creamos, transformamos. De algo —o incluso con el consentimiento de alguien— hacemos algo que no estaba. Pero siempre partimos de una realidad ya existente. Podemos hacer un barco pero siempre lo hacemos a partir de un material: ahora un metal, antes la madera de los árboles.

Moldeamos las realidades que tenemos a nuestro alcance, hacemos combinaciones, descubrimos realidades que ya estaban allí pero que nadie había descubierto hasta entonces.

Todo eso hacemos los hombres. Pero no creamos. Crear es, en rigor, hacer algo “de la nada”. Y la nada no es algo. No es un espacio oscuro, ni un vacío sin luz. No es aire ni una realidad transparente. Sencillamente, no es nada.

Nuestra fe nos dice que Dios creó (y es un verbo que la Biblia aplica exclusivamente a Dios, porque es el único que lo puede hacer) el Cielo y la tierra de la nada.

Me dirás que la nada no hay manera de pensarla. Y tienes toda la razón, porque siempre que pensamos, pensamos algo. La  nada no se puede pensar. Es otra forma de decir que antes tan sólo existía Dios y que si Dios no hubiese querido nunca, nada, absolutamente nada (y entre eso nos incluimos tú y yo) hubiese existido jamás.

La vida no se la debes tan sólo a tus padres. Ni siquiera principalmente. La vida, tu existencia concreta, jamás hubiera tenido lugar si Dios no te hubiese creado y no hubiese creado primero el universo y todas las cosas que existen.

 

Alguien pensó en ti desde toda la eternidad y decidió que era bueno que existieras, y no tan sólo durante un tiempo sino para toda la eternidad. Ahora bien, en qué lugar vayas a pasar esa eternidad, en realidad, va a depender de ti. 

Dios abrió las puertas del Nuevo Testamento con un ángel. Con un ángel y con una mujer. Pero no se trataba ni de un ángel cualquiera ni de una mujer cualquiera.

Sucedió en un pequeño pueblo. Vall d’Alba, a comparación, es casi una capital. Imagínate: todo el pueblo cabía en el campo de fútbol de Vall d’Alba.

A los ojos de la gente (y en función de su tamaño) aquél no era un pueblo importante. Y, sin embargo, fue precisamente allí donde aconteció uno de los sucesos más importantes de toda la historia de los hombres.

No era un ángel cualquiera. Era un Arcángel. El Arcángel San Gabriel, uno de los siete espíritus de Dios que están siempre en Su Presencia. No era, tampoco, la mujer, una mujer cualquiera. Lo podría parecer y, sin duda lo era, a los ojos de sus vecinos. Pero no lo era.

Era —es— la única mujer que nació sin pecado y vivió sin pecado durante toda su vida. Es la Inmaculada. Precisamente a esa mujer se le pidió que creyera en algo que no había sucedido en la historia hasta ese mismo instante y que no volvería a suceder jamás.

Se le pidió que creyera que, si aceptaba, iba a ser la Madre de Dios. Ese Dios judío que interviene en la historia pero que la trasciende absolutamente, ese Dios que hizo portentos inefables para sacar a su pueblo de la opresión de Egipto, que habló haciendo milagros a través de sus profetas… ese Dios tiene un hijo y Ella iba a ser su Madre.

El Ángel le da una señal que Ella no pide. Y añade: “para Dios todo es posible”. Y Ella creyó. Y concibió primero por la fe lo que un instante después concebiría en su carne. Y por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Para Dios todo es posible. Ese es otro de los nombres de Dios: El Todopoderoso. El que todo lo puede, incluso aquello que parece más increíble.

Es cierto, por ejemplo, que no puede hacer el mal. Pero poder hacer el mal a sí mismo u a otros no es una perfección sino una imperfección y Él es perfecto. 

 

Los cristianos tendríamos que volver con fe a este atributo de Dios. Así como los niños —de forma equivocada — creen que sus padres lo pueden todo, así nosotros deberíamos creer, como los niños —de forma acertada— que nuestro Padre lo puede todo, todo, todo…  

Sucedió en el colegio, o en el instituto o como lo quieras llamar. Había oído hasta la saciedad esa expresión pero me parece que no la comencé a entender hasta ese día.

Hablaba el profesor de ese tema y yo, no sé por qué, me puse a pensar en los dioses griegos. Entre los griegos había, sobretodo, esclavos y hombres libres. Pero entre éstos últimos había unos auténticos privilegiados que eran hijos de los amoríos de un dios con una mortal o de una diosa con un mortal. Por ejemplo, el famoso caso de Aquiles. Eran hombres excepcionales, porque eran algo más que hombres.

Y me imaginé a mí mismo como sintiéndome hijo de un dios. Esto, por             supuesto, me hacía disfrutar de ciertos privilegios… y, por supuesto, me hacía desconectar absolutamente de lo que decía el profesor.  

Cuando, acabada la clase, se lo comenté —al profesor— este me respondió: vas camino de comprender qué significa la filiación divina. Por supuesto, no lo había comprendido, ni mucho menos... pero tampoco lo     olvidé.

 En mi imaginación yo era el hijo de un dios. En la realidad yo soy hijo de Dios, del único Dios que existe, como vimos la semana pasada. Y tú también.

Esta es la verdad más profunda de la persona que ha recibido el bautismo y es, quizá, la verdad más olvidada: Dios es Padre y tú eres su hija, su hijo. Como si en este mundo no te tuviera más que a ti.

El miedo a Dios Padre nace de la conciencia de haber obrado mal y del temor a su castigo. Porque ¿qué padre no castiga a sus hijos? El mejor de los padres humanos lo hace. Y no lo hace para mal de su hijo sino para educarle, para su bien.

Sin la parábola del hijo pródigo que nos explica Jesús tendríamos razones de sobra para temer. Porque, como tendremos ocasión de comprobar cuando repasemos los mandamientos de Dios, todos hemos pecado. Todos.

Pero Dios no mira tanto la ofensa que le hacemos —es infinita— como el daño que nos hacemos a nosotros mismos con el mal que obramos. Por eso el Padre de la parábola del hijo pródigo sale a recibir a su hijo y lo abraza y lo besa, a pesar de haber sido ofendido muy gravemente por Él. Ése es el Dios Padre de Jesucristo que, por otro lado, es el único que existe. 

 

Ya veremos dónde, de ordinario, nos encontramos como ese perdón de Dios. Ahora conviene centrarse tan sólo en este punto: Dios es tu Padre y te quiere más que todos los padres y madres del mundo juntos. Y, si permite que en tu vida haya algunos males, es para tu bien, como se los permitió a Jesucristo, que era su Hijo amado.  

Los hombres que formaban parte del  Imperio Romano, los romanos, eran personas sumamente prácticas. Cuando veían que había un reino que les suponía un peligro, lo conquistaban y acababan con el problema. Así lo hicieron con los pueblos de la península itálica, con los cartagineses, con los galos, etc. Al ser sumamente prácticos, procuraban no cambiar las costumbres de los pueblos conquistados y tampoco su religión.         Adoptaban a sus dioses y les hacían una estatua en Roma. Sin problemas. Como conquistaron muchos pueblos, tenían centenares de dioses, uno para cada cosa. A veces más de uno para cada cosa.

Así, todos los pueblos estaban contentos. Todos… menos uno. Había un pueblo un tanto curioso porque no sólo tenía un solo Dios sino que estaba absolutamente convencido de que el único Dios que existía era el suyo. Era un Dios para todos pero era, de modo especial, su Dios. Y ese pueblo era el pueblo judío. Después, nació el pueblo cristiano, con la misma manía. Más tarde, el pueblo musulmán, exactamente con la misma manía: “Sólo hay un Dios”.

Hoy en día a la mayoría de la gente les parecerá que esta manía es muy poco tolerante y muy poco democrática: ¿Por qué no dejar que cada uno tenga su dios?

En realidad, bien mirado, hoy en día, ya, cada uno tiene su dios. Los hay que hacen de su nación su dios. Otros hacen de un cantante o de un deportista su dios. Otros de su trabajo, de su mujer, de su marido, de su hijo, del placer, del poder… o lo más fácil: de sí mismo, su propio dios. Todas son realidades buenas pero que se convierten en malas cuando se las toma como un absoluto.

En el momento en el que una persona toma esa realidad como un absoluto, en ese mismo momento, esa realidad, en el corazón de esa persona, ocupa el lugar debido a Dios. En cierto sentido, se comete una idolatría. En ese sentido los periodistas no andan demasiado lejos cuando describen a un cantante o a un futbolista, por ejemplo, como “ídolos”.

No cuesta mucho defender la existencia de todos los dioses cuando no se cree en la existencia de ninguno. Si se plantea el tema no sólo desde la libertad de cada cual —absolutamente necesaria y que siempre hay que defender— sino también desde la verdad, creer en un solo Dios supone una liberación y no  una esclavitud. Porque nos libera de convertir en realidades absolutas (y que, desde luego, nos esclavizan muchísimo) realidades que son, como mucho, relativas. Incluso las realidades más altas, las personas, dicen relación y están en relación con Dios, pues todo remite a Él como Creador.

 

Sólo hay un Dios Creador y todo remite a Él como a su causa y todo, como si Dios quiere veremos más adelante, absolutamente todo  remite a Él como a su fin. 

El Credo es como una síntesis de las verdades de nuestra fe. Ha habido muchos cristianos que han dado la vida por una sola de estas verdades. Y la han dado porque es algo más que una verdad intelectual. Es una verdad de salvación. Es decir, una verdad para una vida o una muerte eterna. Por ello se repite todos los domingos en la santa Misa. Hay dos formulaciones y las dos son verdaderas. Como mínimo una de ellas tendríamos que aprenderla de memoria. Sobre cada una de ellas irá nuestra meditación de las próximas semanas.

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el   Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los  pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

La anterior fórmula se llama el Credo de los Apóstoles. La siguiente recibe el nombre de Credo Niceno-Constantinopolitano, por ser los nombres de los lugares donde se celebraron los Concilios donde se acabaron de perfilar estas verdades.

 

Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la    tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo   único de Dios, nacido del   Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quién todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una,   santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén. 

“Dios no me habla”. Por desgracia es frecuente escuchar esta expresión de labios cristianos: “Dios no me habla”.

 Algunos de los que así se quejan tienen una concepción pagana de Dios. Dios es para ellos, “algo” que tiene que concederme lo que yo le pida tan sólo porque yo se lo pido. Y si no me lo concede, entonces no me sirve para nada. Y me busco otra cosa: un brujo, un vidente, alguien que lea las cartas, una sesión de espiritismo… lo que sea para acabar por conseguir lo que quiero.

 Si somos medianamente honrados nos daremos cuenta de que a estos no les importa en absoluto qué o Quién sea Dios. Lo único que les interesa es salirse con la suya y si para eso tienen que encender una vela a Dios y otra al diablo, pues que así sea. No se trata de que Dios no les hable, es que les trae completamente sin cuidado lo que Él pueda decirles. Si, en realidad, no quieren que Dios les diga nada ¿por qué Dios tendría que hablarles? Y, sin embargo, aun así, lo hace.

 Otros, sin embargo, no sólo rezan sino que tratan de cumplir la voluntad de Dios en la medida de sus fuerzas. Se esfuerzan por vivir los mandamientos, aunque no siempre lo consigan. Le piden perdón a Dios en la confesión cuando no lo hacen. Procuran vivir una vida de piedad y hacer todo el bien que puedan a sus semejantes, incluso a los que, lo saben perfectamente, no les quieren bien. Y, no obstante, en ocasiones también tienen la sensación de que Dios no les habla.

 En realidad no se trata de que Dios no les hable. Se trata más bien de que, sin saberlo, estas personas llevan mucho tiempo “fuera de cobertura”. Lo        sabemos bien: cuando estamos en una zona fuera de cobertura nos pueden  estar llamando todo lo que quieran… que no oiremos absolutamente nada. Como Dios respeta nuestra libertad, si de verdad deseamos oír su voz, tenemos –ahora que se ha abierto la veda a los cazadores puedo usar esta  expresión– que “ponernos a tiro”. Ponernos en zona de cobertura.

 ¿Cómo? Leyendo la Palabra de Dios, todos los días. Lo aprendí en otro lugar pero en algún momento del camino lo olvidé y los neocatecumenales, a su   modo, me lo han vuelto a recordar. Ellos no leen la Sagrada Escritura: la escuchan. E intentan indagar qué es lo que la Escritura les dice a cada uno de ellos en particular ese día concreto, esa misma semana.

 Porque la Palabra de Dios es así. No se trata tan sólo de algo que se escribió hace mucho –cierto– y que habla de cosas pasadas –también cierto–, por ser Palabra de Dios, trasciende el espacio y el tiempo y es capaz, usando las mismas expresiones, de decirnos cosas particulares, personales, a cada uno.

Esto, que vale para toda la Sagrada Escritura, se da modo especialísimo en el corazón de la Biblia: los Evangelios. Cualquier persona que se precie de ser culta debería tener una Biblia en su casa pues no se entiende la historia de Europa, por ejemplo, sin ella. Cualquier cristiano que se precie de serlo debería leer los Evangelios todos los días. No ya por cultura sino para recibir Vida. Es el mismo Señor quien lo dice: “No sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”. Los Evangelios son Espíritu y Vida.

 

Quien no los lee, quien no los medita, podrá quejarse todo lo que quiera diciendo: “Dios no me habla”. En realidad, lo que le sucede es más bien que “tú no Le escuchas”. 

“Si Dios puede hacer una cosa a través de otra persona, nunca lo hará solo”. Es la forma de “funcionar” de Dios. Si quiere decir algo a los   hombres, de ordinario, elige a algunos de ellos para transmitírselo a los demás.

 Las elecciones de Dios no siguen, casi nunca, los criterios humanos. Por ejemplo, si tú quisieras poner en marcha una gran empresa y dispusieras de grandes cantidades de dinero seguramente  buscarías a las personas mejor preparadas para que las llevasen a cabo. Dios no. Las más de las veces Dios escoge a personas que los hombres consideran “inútiles” para llevar a cabo sus obras más maravillosas.

 En Fátima la Virgen escogió a tres niños, pastorcillos, con muy poca cultura. En Tierra  Santa Jesús no escogió ni a los fariseos ni a los doctores de la Ley… escogió a unos pescadores. Y un sencillo pescador, por Voluntad de Dios, fue el “jefe” de todos ellos. Dios escoge muchas veces a personas no preparadas y después las prepara. A otras ni siquiera las prepara, para que todavía se manifieste con más claridad que la obra es Suya y no de su instrumento, sea quien sea.

 Pues bien, Dios transmitió el Evangelio a través y de los Apóstoles y éstos lo transmitieron a los discípulos hablando con ellos y poniéndolo por escrito. Se generó así una Tradición, con mayúscula, en la que no se encuentran solamente las Sagradas Escrituras, aunque éstas ocupan un lugar relevante. Desde esta Tradición recibimos lo que se llama el “depósito” de la fe: todas las verdades que hemos heredado de Jesucristo a través de sus Apóstoles.

 Pero todas las cosas buenas se pueden interpretar mal. Por eso, el Señor ha dispuesto que haya unas personas que tenga como misión proteger el depósito de la fe. Esto corresponde especialmente a los Obispos en comunión con el Papa. 

 Las verdades de la fe –de modo especial los dogmas– son como los huesos del cuerpo: pueden y deben crecer. Así como los huesos del niño van creciendo, así la Iglesia, con la luz del Espíritu Santo, va comprendiendo cada vez mejor las verdades de su fe. Pero los huesos no se deben romper. En efecto, si los huesos están rotos no pueden sostener el cuerpo y este se desmorona… incluso hasta morir. Así romper las verdades de fe lleva a romper el Cuerpo de Cristo que es su Iglesia.

 Me gustaría poder decir que esto nunca ha sucedido. Pero no es así. La historia de la Iglesia está llena, por desgracia, de personas – muchas de ellas personas consagradas – que han negado una u otra verdad de fe, arrastrando a muchos al error. Y han puesto en peligro la salvación de muchas almas. Por ejemplo: si es verdad que Jesucristo es Dios, lo es en el siglo III, en el siglo XVII y en el siglo XXI. Y, si no, es que nunca ha sido verdad. Además, el que niega una verdad de fe acaba terminando por negarlas todas: si esto es mentira ¿por qué no va a serlo también esto otro?

Lo importante es la verdad. Yo, como sacerdote, puedo decidir predicar un evangelio distinto del de Jesucristo. Lo puedo hacer porque soy libre y porque me puedo corromper. Lo puedo hacer porque me interese más lo que otros puedan pensar de mí que la verdad. Lo puedo hacer porque si predico aquellas verdades que escuecen –porque no se viven– no me van a querer. Lo puedo hacer por mil cosas. Pero lo puedo hacer.

 

 Por eso, si en alguna ocasión digo o escribo algo que vaya directamente en contra del Catecismo de la Iglesia Católica no me leáis ni me escuchéis.

 El hombre es un ser de deseos. Desea muchísimas cosas, unas buenas y otras no tan buenas. Unas que le hacen bien y otras que le hacen daño. Pero, es una experiencia común a muchos hombres, incluso cuando intenta saciar su deseo con cosas o con personas buenas, siempre se queda con la sensación de que prometían mucho más de lo que daban. Es natural. Es natural cuando lo que desea no es Dios.

 Cuando los hombres contemplan serenamente el mundo: la belleza de los paisajes, la bondad de muchos animales, la bondad y la belleza de muchas personas… con facilidad acaba preguntándose de dónde viene todo esto. Tiene la experiencia de que todas esas realidades se le pueden escurrir de entre las manos… que un día no fueron y que un día no serán. Y con   facilidad puede preguntarse de dónde han venido… y a dónde van. O, dicho de otro modo: ¿Quién ha hecho todo esto?

 Hay personas que tratan de tranquilizar su conciencia diciendo que todo ha sido fruto de la casualidad. Que nadie ha hecho nada. Que somos fruto de una carambola espectacular. En realidad, no es ese nuestro modo natural de proceder. Si ahora el Curiosity (ese aparatito que han enviado a Marte), encontrase en ese planeta una pirámide como las pirámides de Egipto todo el mundo pensaría –y con razón– que allí hay –o hubo– vida inteligente. Porque las cosas bien estructuradas, bien hechas, las hacen los seres inteligentes. Por eso, cuando el hombre contempla el mundo natural y el mundo personal (el milagro mismo que supone una sola persona en el mundo) con facilidad llega a que ha habido un Ser Inteligente que lo ha hecho. Y porque lo ha hecho a ese Ser Inteligente le llama Creador y a lo creado le llama Creación.

 Los que piensan que han venido al  mundo fruto de la casualidad me dan    mucha pena. Porque afirman que vienen de la nada y a la nada van. En el fondo, si lo piensan bien, afirman que nadie les quiere infinitamente. Los cristianos sabemos que hemos sido creados por el Amor de Dios, que del Amor venimos y, si queremos, hacia el Amor vamos. Por eso todos tenemos, en el fondo, un deseo de ser amados infinitamente. Pero amar infinitamente solo lo puede hacer Dios.

 

 De todas formas, lo más importante no es el deseo que nosotros tengamos de Dios sino el Deseo que Dios tiene de nosotros. Sí, Dios nos desea. 

Hará ya cosa de unos meses, el Papa Benedicto XVI nos advirtió que, a partir del 11 de octubre daría comienzo para todos los católicos el Año de la fe. Con este motivo, van a tener lugar numerosas iniciativas en toda la Iglesia. 

De modo particular, para nuestras parroquias, había pensado iniciar una       catequesis escrita sobre el Catecismo de la Iglesia Católica. Se trata de repasar en qué creemos los católicos y eso, mejor que ningún otro sitio, está plasmado en el Catecismo que promovió Juan Pablo II y salió gracias al entonces Cardenal Ratzinger (ahora nuestro actual Papa, bajo el nombre de Benedicto XVI).

Trataré que la exposición sea lo más sencilla posible y, aun así, quizá un año no sea suficiente para concluir la tarea. Me he propuesto, además, que ninguna de  estas  catequesis ocupe más de una cara de folio para facilitar su lectura.

 Recientemente he podido disfrutar de una relectura prácticamente íntegra de dicho Catecismo y te confieso que algunas de las cosas que he leído me han herido. Y me han herido porque no las hago bien. Es posible que a ti te suceda otro tanto cuando, poco a poco, vayamos desgranando las verdades de nuestra fe y las implicaciones morales que conllevan… y descubramos que, tú y yo, en ocasiones, no acabamos de dar la talla.

Eso es bueno. Es muy bueno. Porque Dios es exigente pero es exigente porque nos ama. Nos ama profundamente y desea que busquemos libremente nuestro bien, que es Él mismo. Por eso nos señalará todos los obstáculos que tenemos el camino. No lo hace porque desee que nos condenemos sino porque anhela que llevemos a cabo una profunda conversión, un profundo cambio de vida, una vuelta sincera hacia Él.  

 

Por eso te invito a que demos, los tres —tú, yo y Él— un largo paseo por el camino de nuestra fe. Le pido a la Virgen María que nos llene de luces y de gracias para que, tras haberlo recorrido seamos —todos— un poco mejores que cuando empezamos el camino.